El Internet de las Cosas (IoT) ya forma parte del día a día: electrodomésticos inteligentes que anticipan nuestras necesidades, ciudades que analizan el tráfico en tiempo real y entornos industriales cada vez más automatizados. Sin embargo, mientras el IoT se ha expandido a gran velocidad, su seguridad sigue avanzando con paso lento.
Podría decirse que el IoT aún vive su etapa adolescente: lleno de potencial, hiperconectado y ambicioso, pero con decisiones impulsivas que dejan puertas abiertas. La gran incógnita es si 2026 marcará el momento en que la seguridad del IoT alcance la madurez necesaria para generar confianza real, o si seguiremos rodeados de dispositivos más ingeniosos que precavidos.
Diez años entre promesas y sobresaltos
El IoT nació con la promesa de simplificar la vida. No obstante, en la práctica se ha convertido en un terreno fértil para los ciberdelincuentes, que aprovechan contraseñas débiles, firmware sin actualizar y ciclos de desarrollo acelerados. Durante los primeros años de la década de 2010, el foco estuvo en conectar dispositivos lo antes posible, dejando la seguridad para ‘más adelante’, cuando fuera necesario.
El resultado es un ecosistema compuesto por miles de millones de dispositivos que funcionan como pequeños ordenadores, pero que llegan al mercado sin protecciones mínimas que hoy se consideran estándar incluso en un portátil.
Los fabricantes le dieron prioridad al tiempo de lanzamiento y la rentabilidad por encima de la resiliencia, asumiendo que los usuarios no percibirían el riesgo. Los atacantes, en cambio, sí lo hicieron. Botnets como Mirai demostraron que cámaras y routers inseguros podían utilizarse para ejecutar ataques DDoS a gran escala. Desde entonces, los incidentes se han vuelto más sofisticados, aunque la raíz del problema sigue siendo la misma.
A pesar del despliegue de fábricas inteligentes e infraestructuras conectadas, la seguridad del IoT no ha evolucionado al mismo ritmo. El sector continúa fragmentado, con estándares propietarios y soluciones parciales. Esta etapa se caracteriza por una gran ambición, pero poca rendición de cuentas, y es precisamente ahí donde debe producirse el cambio.
El vacío de la responsabilidad
Uno de los mayores frenos a la madurez del IoT es la falta de una responsabilidad clara, especialmente en lo que respecta al software. Nadie parece asumir la seguridad de extremo a extremo: los fabricantes producen los dispositivos, los distribuidores los renombran, los usuarios los conectan y, cuando surge un incidente, la culpa se diluye.
Esta falta de responsabilidad genera una cadena de vulnerabilidades en la que incluso las prácticas básicas de ciberseguridad se pierden. La regulación ha intentado cerrar esta brecha, pero de forma desigual. Iniciativas como la Ley de Resiliencia Cibernética de la Unión Europea o la Ley de Mejora de la Ciberseguridad del IoT en Estados Unidos representan avances importantes, aunque no abarcan todo el mercado. Muchos dispositivos, especialmente los de bajo costo, quedan fuera de su alcance.
El resultado es un escenario en el que el componente más débil determina el riesgo colectivo. Un simple termostato con firmware obsoleto puede convertirse en la puerta de entrada a una brecha corporativa. Y mientras los usuarios carezcan de visibilidad y control, el IoT seguirá comportándose como un adolescente sin supervisión en línea.
Por qué el riesgo es mayor que nunca
El problema ya no es solo la inseguridad de los dispositivos, sino su criticidad. Lo que antes era una molestia, hoy puede derivar en interrupciones de cadenas de suministro, fallos en redes energéticas o impactos directos en sistemas sanitarios. La superficie de ataque ha pasado del hogar a sectores completos, y el tiempo de inactividad se traduce en pérdidas económicas y riesgos reales.
El IoT industrial (IIoT) eleva aún más la apuesta. Sensores inteligentes en manufactura, logística y energía impulsan la eficiencia, pero también introducen nuevos puntos de fallo. Datos manipulados o incorrectos pueden desencadenar decisiones automatizadas erróneas, con consecuencias financieras o incluso físicas. En ámbitos como la salud, un dispositivo comprometido puede poner vidas en peligro.
Aunque los expertos llevan años alertando sobre estos riesgos, la inversión en seguridad IoT sigue quedándose atrás frente a su adopción. Es como avanzar a toda velocidad hacia la transformación digital esperando que la ciberseguridad aguante el ritmo.
2026: cuando la regulación se une a la estandarización
El lado positivo es que 2026 podría convertirse en un punto de inflexión. Gobiernos e industrias empiezan a alinearse en torno a normas exigibles. La plena aplicación de la Ley de Resiliencia Cibernética en Europa obligará a los fabricantes a responder por las vulnerabilidades y a mantener actualizaciones durante todo el ciclo de vida del dispositivo. En paralelo, Estados Unidos avanza con sistemas de etiquetado que facilitan a los consumidores identificar productos seguros.
Estas medidas forzarán un cambio de mentalidad: la seguridad deberá integrarse desde el diseño hasta la retirada del producto. El cifrado, la gestión de parches y la divulgación responsable de vulnerabilidades dejarán de ser opcionales. Más allá de lo técnico, se trata de un cambio cultural: la seguridad pasa de ser un argumento comercial a un requisito normativo.
La estandarización global también será clave. Marcos como ETSI EN 303 645 o ISO/IEC 27400 buscan establecer una base común que reduzca la fragmentación y refuerce la interoperabilidad y la confianza.
Confianza integrada: certificados, PKI y hardware seguro
Con la madurez del IoT, la identidad se consolida como pilar fundamental. No es posible proteger lo que no se puede autenticar. Aquí entran en juego los certificados digitales y la infraestructura de clave pública (PKI), que permiten a los dispositivos demostrar quiénes son antes de comunicarse.
La PKI actúa como una huella digital para cada dispositivo, habilitando comunicaciones cifradas, incorporación segura, actualizaciones confiables y revocación cuando sea necesario. Aun así, muchos fabricantes han evitado su adopción por considerarla compleja, creando vacíos de confianza que los atacantes pueden explotar.
De cara a 2026, se espera una mayor adopción de confianza basada en hardware, mediante TPM o elementos seguros. Estas tecnologías protegen las claves criptográficas y permiten autenticación local, reduciendo la exposición. Combinadas con servicios gestionados de certificados, permitirán escalar ecosistemas IoT de forma segura y automatizada.
La IA: aliada y desafío
La inteligencia artificial tendrá un papel ambivalente en el IoT. Por un lado, facilitará la detección de anomalías y comportamientos sospechosos a gran escala, algo imposible de gestionar manualmente. Por otro, ampliará la superficie de ataque: los adversarios también pueden usar IA para crear malware más sofisticado o manipular datos.
A medida que la IA se integre en la toma de decisiones, los ataques apuntarán no solo a los dispositivos, sino a los modelos que los gobiernan. Por eso, el futuro exige defensas adaptativas, pero también explicables. Confiar ciegamente en algoritmos no es una solución.
Conclusión
Para que el IoT alcance su madurez, debe asumir responsabilidades claras, adoptar estándares comunes y colocar la identidad en el centro de la confianza digital. El foco ha pasado de la comodidad a las consecuencias, y 2026 podría aportar el impulso necesario para un cambio estructural.
La seguridad no es una función aislada, sino una mentalidad. Si el IoT deja atrás su etapa adolescente, no será por una única ley o tecnología, sino porque la industria empiece a respetar la complejidad del mundo conectado que ha creado. Solo entonces el IoT dejará de ser el problema recurrente de la ciberseguridad y se convertirá en un actor responsable del ecosistema digital.
Más información: visita www.globalsign.com/es o envia un email a contacto@globalsign.com






