Por: Ximena Aleman, co-CEO y cofundadora de Prometeo.
Hace algunos meses, mi cofundador Rodrigo Tumaián lanzó una idea que parecía provocadora, pero no exagerada: estamos pasando de una web centrada en las personas a una web operada por agentes. No era una frase más sobre inteligencia artificial, sino una descripción temprana de un cambio estructural. Porque si dejamos esta conversación en el terreno del ‘qué interesante suena’, cuando queramos participar activamente, los estándares, el lenguaje y las reglas ya habrán sido definidos por otros. Y en infraestructura financiera, llegar tarde casi siempre implica jugar con reglas ajenas.
La mejor evidencia es la velocidad. En noviembre de 2024 apareció el Model Context Protocol (MCP), una arquitectura pensada para conectar modelos de inteligencia artificial con sistemas del mundo real. Apenas unos meses después, ya había equipos probando agentes capaces de validar cuentas, conciliar pagos o gestionar procesos de onboarding con mínima intervención humana. Este ritmo (meses, no años) elimina la ilusión de que todavía tenemos tiempo para observar. Y en América Latina, donde históricamente llegamos tarde a las grandes olas tecnológicas, repetir este patrón sería un error costoso.
La región, además, parte de condiciones muy particulares. Contamos con pagos en tiempo real como Pix, SPEI o Bre-B; una altísima penetración de teléfonos inteligentes; una economía de remesas en expansión; y un ecosistema fintech cada vez más sofisticado. Pero convivimos también con fragmentación regulatoria, asimetrías de información y confianza financiera todavía frágil. Justamente esa tensión es lo que hace urgente empezar a estructurar este fenómeno hoy, y no cuando aparezcan los casos de negocio ‘perfectos’.
No sería la primera vez que una industria llega tarde a definir algo que ya estaba ocurriendo. La ola fintech no inventó el open banking. Las conexiones entre bancos existían mucho antes, pero todo cambió cuando reguladores y empresas empezaron a nombrarlo así, a discutirlo bajo un marco común y a organizarlo como industria. Lo que cambió no fue la tecnología, fue el lenguaje común que permitió regulación, mercado y escala. Eso mismo está en juego ahora con el agentic banking. Si no lo definimos desde aquí, otros lo harán. Y cuando queramos sumarnos, estaremos importando estándares para realidades muy distintas a la nuestra.
Al intentar darle forma a este fenómeno, surge una pregunta inevitable: ¿cómo organizar algo que todavía está en exploración? Un mapeo demasiado rígido sería engañoso, pero avanzar sin un marco común, haría de esta conversación un caos. En nuestro caso, vimos que había que empezar por construir un lenguaje común. Por un lado, identificando los principales casos de uso que ya empiezan a emerger: pagos, crédito, divisas, cripto, inversiones y finanzas personales; y por otro, entendiendo qué capas tecnológicas hacen posible que estos agentes operen en el mundo real. No se trata de definir categorías cerradas, sino de ofrecer una primera estructura para conversar con más claridad sobre hacia dónde se está moviendo la industria.
Esta segunda parte, la tecnológica, es clave para entender por qué el agentic banking puede trascender la experimentación y operar a escala. Los agentes financieros no funcionan como conceptos teóricos ni como ideas aisladas: para tener impacto real necesitan operar dentro del sistema financiero existente. Eso implica contar con datos confiables en tiempo real, reglas claras de confianza, capacidad de decisión contextual, infraestructura para ejecutar operaciones y mecanismos de supervisión humana permanente. Pensar este modelo en capas no es un ejercicio técnico, sino una herramienta práctica para evaluar qué tan preparada está la región y dónde se encuentran las brechas que todavía deben resolverse.
Para que un agente pueda ‘ver’, necesita conectarse al sistema financiero: cuentas, movimientos, historial, plataformas de pago, sistemas empresariales. Para que pueda actuar, necesita saber con quién está operando y bajo qué reglas: identidad, cumplimiento, monitoreo de fraude y criterios locales. Para decidir, debe interpretar contextos, coordinar herramientas y operar dentro de límites claros. Y para tener impacto real, tiene que ejecutar: mover dinero, convertir divisas, gestionar crédito, conciliar operaciones. Nada de esto funciona sin control humano, que define políticas, aprueba excepciones y toma el timón cuando hay que intervenir. Y todo, sin excepción, debe quedar registrado: cada decisión, cada movimiento, cada regla aplicada. Porque en este nuevo paradigma, el verdadero valor será la capacidad de generar confianza demostrable.
Por eso la pregunta no es si los agentes llegarán, sino bajo qué reglas lo harán. Y ahí Latinoamérica tiene una oportunidad que no debería desaprovechar. No solo porque cada región imprime su cultura en sus sistemas financieros, sino porque si no diseñamos este ecosistema desde aquí, terminaremos adoptando agentes que no entienden cómo funcionan nuestros pagos, nuestros horarios bancarios, nuestros patrones de fraude ni nuestras dinámicas sociales. Adaptar después lo que nunca fue diseñado para nuestra realidad siempre será más caro que construir desde el inicio.
Además, el momento no podría ser más oportuno. La infraestructura ya existe en la región: pagos inmediatos ampliamente extendidos, una adopción fintech generalizada a nivel regional e interfaces conversacionales que ya forman parte del día a día de millones de personas. Esa combinación convierte a Latinoamérica en un terreno especialmente fértil para modelos donde los agentes no son una promesa futurista, sino una evolución natural de cómo las personas interactúan con el dinero.
Incluso aquello que solemos ver como una desventaja, como la fragmentación regulatoria, puede convertirse en un activo si logramos articular un marco común. Traducir múltiples reglas locales en políticas claras permitiría acelerar pilotos y elevar los estándares de seguridad sin frenar la innovación. Y hacerlo de forma colectiva importa: equivocarnos juntos cuesta menos que hacerlo en silencio y por separado. Un lenguaje compartido evita repetir experimentos, permite identificar riesgos de forma temprana y reduce el costo de los errores a medida que este ecosistema empieza a escalar.
Lo esencial en este momento es abrir una conversación urgente entre los actores del ecosistema. Los agentes financieros ya existen, aunque hoy todavía se manifiesten como una colección de prototipos y pruebas aisladas, el momento de influir en su forma es ahora. Al final, la pregunta no es si los agentes financieros llegarán, sino si desde América Latina seremos arquitectos de este ecosistema o simples usuarios de decisiones diseñadas en otro lugar.






