En Argentina, su adopción creció rápido, impulsada por la digitalización acelerada y la necesidad de eficiencia en un contexto económico desafiante. Sin embargo, ese avance convive con una paradoja cada vez más visible: la IA está en muchos sistemas, pero no siempre mejora la experiencia de las personas.
Hoy, que una empresa diga que ‘usa inteligencia artificial’ ya no genera impacto automático. Para el usuario argentino —acostumbrado a lidiar con procesos engorrosos, tiempos de espera y respuestas poco claras— la tecnología solo importa si resuelve algo concreto. Si una app sigue siendo lenta, si un trámite digital no se completa o si un chatbot no entiende el problema, la IA pasa desapercibida o, peor aún, genera frustración.
‘El usuario no está cansado de la tecnología, está cansado del relato. Durante años se habló de inteligencia artificial como una solución mágica, pero en la práctica muchas implementaciones no cambiaron la experiencia cotidiana. Hoy la vara es mucho más simple y exigente: que los procesos sean más rápidos, que haya menos errores y que las plataformas funcionen cuando se las necesita. Si eso no ocurre, la IA deja de tener sentido para el usuario’, señala Hector Ferraro Director Backend & Cognitive de Snoop Consulting.
A nivel global, la mayoría de las empresas ya incorporó algún tipo de inteligencia artificial en sus operaciones. Sin embargo, esa adopción no siempre se traduce en mejoras visibles para el usuario final. De acuerdo con el informe The State of AI 2025, elaborado por McKinsey & Company, el 78% de las organizaciones utiliza IA en al menos una función, pero solo el 23% logró escalarla de manera amplia en toda la empresa, lo que refleja una brecha clara entre adopción y valor real.
En el mercado argentino, esta distancia se percibe con claridad. Automatizaciones que prometen agilidad pero suman pasos, asistentes virtuales que no resuelven consultas reales o sistemas ‘inteligentes’ que no contemplan el contexto local forman parte de la experiencia diaria. Para el usuario, el problema no es si hay IA detrás, sino si el servicio funciona mejor que antes.
‘La etapa del asombro ya pasó. Hoy la inteligencia artificial no tiene que impresionar ni mostrarse, tiene que integrarse bien. Cuando está bien aplicada, casi no se nota: solo se percibe que todo funciona mejor. El desafío para las empresas es dejar de comunicar tecnología y empezar a comunicar resultados concretos, especialmente en un mercado como el argentino, donde la tolerancia a las promesas vacías es muy baja’, explicaron desde Snoop Consulting.
Este escenario está empujando un cambio en la forma de pensar y comunicar tecnología. En lugar de destacar algoritmos, modelos o capacidades avanzadas, empieza a ganar peso una lógica más simple y exigente: menos fricción, menos tiempo perdido y procesos más claros. La inteligencia artificial deja de ser protagonista del mensaje para convertirse en infraestructura silenciosa, integrada al día a día.
La conclusión es clara: la inteligencia artificial no está en retroceso. Lo que quedó atrás es el discurso grandilocuente. En 2025, la verdadera brecha no está entre empresas que usan o no usan IA, sino entre aquellas que logran mejorar la experiencia del usuario y aquellas que solo suman una etiqueta más a su comunicación.






